Karina Barcelona, 21 de septiembre 1996 Mi queridísima Ana: Volví de Buenos Aires con la rodilla rota. Todo ocurrió al segundo día de mi llegada y en plena obediencia a la reglas turísticas. Me fui a Boca, ya sabes: algo de nostalgia, mucho de tango, cuando seis adolescentes me tumbaron al piso a patadas. Yo no sé si me irritaba más mi nariz en el pavimento o el acento cantadito: "Che matalo, matalo". Por suerte me dejaron el pasaporte y pude seguir mi viaje por Uruguay, Paraguay y parte de Brasil (que en gran medida me pareció una gigantesca avenida Urdaneta). De regreso a Barcelona me esperaban setenta y cinco cartas y otras tantas llamadas telefónicas, puro trabajo. No sabía si desayunar o merendar cuando ya tenía que salir corriendo de un lado para otro, de un congreso a un simposio; cualquier día de estos me vuelvo loco. Ya te había contado que el trabajo de traducción simultánea utiliza la misma corteza cerebral donde se aloja la esquizofrenia caminant vers casa meva la teva imatge em vingué al cap. Ven, ¿cuándo vienes? Me encantó que en el sur se sigan hablando los idiomas indígenas. Esos sonidos desconocidos y los paisajes y la experiencia todo fue maravilloso. I am reading Bowles and find his stories fascinating, non vedo l'ora di vederte. Desde tu última visita me acompaña tu risa (¿de qué nos reíamos?) cuando regresábamos de la exposición de Mapplethorp en la Fundación Miró. Siempre recuerdo que me dijiste que Barcelona era una ciudad para los ciudadanos. Es verdad, nos acobija, nos ampara. También dijiste que el Mediterráneo era dulce y quieto y que nunca habías conocido tantos países en una sola cuadra. Cómo te sorprendía subir por una calle majestuosa y cosmopolita y bajar por la paralela provinciana y cálida, para desembocar en una plaza de artistas a pocos pasos del barrio gótico. Gaudí resucitó en tus superlativos. Quand reviendras tu? Mi casa sigue siendo refugio de tránsfugas y viajeros. Vienen mis amigos italianos y los de Suiza, hasta pasaron por aquí compañeros de Estados Unidos sumándole a mi esquizofrenia lo que le restan de soledad. A la vorágine añádele un toque de lascivia. Quiero abrazar al mundo entero, a todos, a todas. Un abrazo fogoso, pero siempre uno. Ternura, sudor, piel, labios, ojos. ¿Quién dijo amor, quién abrasar? Una de mis grandes amigas te va a llamar la semana que viene, estará apenas cuatro días en Caracas, por un asunto de unos cuadros que vendió. Me encantaría que se conozcan y que la lleves a comer arepas. Se llama Karina y vive en París, habla español perfecto. Va de paso a un encuentro Sufi en Argentina. Acabo esta carta rápido y me preparo para visitar a mi abuela. Es que de las viejas no se acuerda nadie y a mí me sigue encantando escucharla. Figúrate que está empeñada en hacerle caso a su madre. "Conchita, hija _le dijo un día_, si pasas bien de los cien años habrás vivido tres siglos..." Pues como nació en 1899... Escríbeme y cuéntame de todo, como me gusta a mí. Un besazo para ti y saludos a todos allí en la Caracas de mi infancia. Jon Caracas, 6 de noviembre 1996 Querido Jon: Posee ella la melancolía del altiplano a pesar de sus chispeantes ojos parisinos y el horror del holocausto en la mirada, aunque la emplee para seducir. Se sonroja ella con la candidez de una niña en la pregunta y palidece a conciencia con sus sabias respuestas. Ignora ella las dualidades que despierta su cuerpo de niña alta y su mudo grito de mujer asfixiada. O no, o sabe perfectamente y con cierta perversidad que sin taquicardia, sin arritmia, los colores destiñen aburrimiento. Aburrimiento que tal vez persigue _con aval de Schopenhauer y de Moravia_ como motor de los verdaderos cambios. Vivir en conflicto y postergar el remanso para que no mengüe el ideal, el simbólico, el lúdico y no ese real y cotidiano, tan verdaderamente fastidioso. Esa niña, con palabra de hombre y dulce voz femenina, altera el pulso. Quisiera uno raptarla y amordazarla a besos. Quisiera uno descubrir los misterios que resguarda en su ceño fruncido cuando está mezclando con precisión científica y dedicación mística los óleos para su próximo lienzo. Quisiera uno dejarle furtivamente algún regalo, pero que no sepa ella que fue uno, enamorado, el que por no poder olvidarla nunca va atesorándole presentes y recuerdos anónimos, sólo para hacerla feliz, sin ningún deseo soterrado. Deseo, deseo, palabreja descorazonadora por fugaz y desconfiable. Como si en el rechazo radicara una cierta energía, como si en la abstinencia fogueara el orgasmo. Tanto así como que la imaginación supera cualquier desempeño. Y, al mismo tiempo, cuánta promesa de un futuro armónico, cuánta disidencia, cuánta diletancia. Desde que nos miramos a los ojos hasta que nos despedimos con el cuerpo entero en un breve encuentro de muchas horas no he cesado de pensar en ella. En ellas, para ajustarme a esta verdad, que las hay. En esa ella amalgamando en el Amazonas las vivencias exógenas y exuberantes _por lo que las palabras cargan en la equis_, con las intrínsecas y esdrújulas del universo atávico. En esa ella temerosa y trémula frente a la "precariedad": otra palabra aguda, muy aguda, mucho más aguda que el simple acento postrero en la sílaba tónica, o de su connotación significativa fonética, lingüística o psicológica. Miedo doloroso y febril, peste convulsiva, venérea atroz. En aquella otra ella caminando por el quatrième y absorbiendo en sus ropas los olores semitas de su barrio. Olivas y falafel, rabinos y sinagogas, cábala y shofar pero apurar el paso para asistir puntual, dos veces por semana, a la reunión sufista. "Ni tan grata ni tan interesante como los encuentros anuales (que parecen campamentos de verano, donde cantidades de personas diversas aprendemos a convivir)." No sé por qué pero en vez de convivir yo escucho sobrevivir, como si mi otra hubiese encontrado hace cinco años un salvavidas que la mantenga a flote. A flote sí, pero muy sobre muy por encima de la vidita pequeñoburguesa e inmerecida que la enmarca. A ella protagonista de una vida azarosa, de un destino flamante, signada por el arte congénita y vocacionalmente. A ella, simultáneamente judía y boliviana, francófona e hispanoparlante, dueña de Siam, de las propiedades de los visigodos y heredera de los sumerios. O en aquella otra inimaginable: madre de un varón tan ajeno por pelirrojo y sajón y al mismo tiempo tan fruto de su vientre, ¡Jesús! No, no voy a seguir, sigue tú, querido Jon de mi corazón, y si alguna vez te soliviantas llévame contigo, como hasta ahora, como siempre, porque yo no me he atrevido nunca a surcar mis vísceras como tú. ¿Será prudencia, miedo o acumulación? Ni envidia, ni vanidad. La vida en Caracas transcurre con sobresaltos, pero sin emociones. Los simples ciudadanos nos hemos convertido en seres virtuales, o a lo sumo en cifras estadísticas. Los únicos seres humanos que sienten y padecen son los delincuentes y los observamos como si fuesen una especie exótica. Salvo rarísimas excepciones somos tan etnocéntricos como lo han sido antes los colonizadores, de modo que los medimos con nuestros obsoletos parámetros socioantropológicos y nos engañamos irrisoriamente. La inseguridad acabó con el patio, con la vida gregaria, reunir a tres pelagatos pensantes cuesta demasiado trabajo y las raras veces en que ocurre nadie escucha. Deslumbradas con su propia voz, infinidad de mujeres brillantes se opacan entre sí. Los hombres bostezan. Ahora te cuento un poco de los míos: los ojos de mi hijo parecen radiógrafos y eso le está permitiendo una aproximación a la naturaleza a través de la cultura funcional. La electricidad, la hidráulica, el movimiento, la energía, todas esas cosas le roban el aliento de la emoción y el sueño por lo mucho que tiene que estudiar. Mi niña ríe y llora al mismo tiempo. Tiene frío y calor simultáneamente. Un torrente de hormonas le tuerce el aroma y caricaturiza sus movimientos. Aguda e ingenua, chistosa y circunspecta, es una persona deliciosa. Así vivimos, personajes de esta divina comedia que es la vida. ¡Ah! ¿Él?: guapísimo, los años le sientan bien. Gerente, padre de familia, ángulo superior de triángulo isósceles, conserva el humor de siempre. Su sonrisa bajo el bigote aporta un toque de ironía y de inteligencia a esta obra épica que es educar y proveer. De mí que te cuente ella. Te quiero Jon de ultramar y brindo por nuestra fiesta epistolar. Ana 21 de diciembre 1996 Querida Ana: Estoy desecho, Karina se va para la India. ¿Él?: se llama George. Adiós a mis planes de Baleares. Yo que me veía arrullando al sajoncito y amándola por fin. Tu carta me insufló, sobre todo por aquello de las promesas y las disidencias. De nada valieron mis desgarros. Seguimos como siempre, amigos, "otra palabreja", pero esta vez grave. Me consuelo con una italiana que huele a albahaca, con una sabra cuyas eres me cacofonizan el alma, con una andaluza que me rechaza... y pensando en George, que pasó por Barcelona: "Ambiguo compañero protegido y protector, que escancia la palabra sin rodeos ni adorno, fulminó la raíz de mi tronco cizallando sin remedio mis bastiones inexpugnables. Como un arco tensado en intensa oscuridad descendió ángel ladrón para atravesarme el aliento, hiriéndome fatalmente de saeta". Jon