Melodrama 1 Ojos verdes, piel áurea, donaire de niña bien, demasiadas tentaciones para cualquier muchacho en esa ciudad industrial de Europa oriental, en 1950. Eugenio sacó a bailar a Lya enseguida. El aguardiente de ciruela destilado artesanalmente, en alambiques improvisados y comunitarios, tenía la triple virtud de contrarrestar las jornadas laborales de 48 horas semanales, sin contar las voluntarias-obligatorias que exigía el dictador ¡por la Patria! Cincuenta y cinco grados de anestesia etílica para liberar las vísceras y anestesiar la lengua. ¡Salud! Lya mantuvo la nariz respingada mientras Eugenio escurría sus dedos aviesos entre los almidonados pliegues de su vestido de flores, estreno de primavera. Ella le ponía freno, él se fue a cantar y a beber con los demás varones. Creyéndose a salvo de las miradas capciosas de sus amigas, Lya se refugió en el tocador y sólo lo abandonó al recuperar el porte de su imaginario linaje. Cuando recobró el antojo, ya Eugenio abrazaba otra cintura y susurraba en otros oídos. Cincuenta y cinco tonos de rubor cromático para atajar la vanidad y los celos. ¡Amor! Así transcurría la mayoría de las fiestas, o mejor dicho de las bodas. Abril era mes de casorios, como septiembre de viñedos. Eugenio no dejó oreja ilesa, su lengua hizo estragos en todas ellas, sólo Lya lucía impávida y por lo mismo hacía también estragos en los oídos de las gentes. Era ella el sujeto de los más inconclusos e infundados chismes de la comarca. Los hubo eróticos _sine qua non_ y por supuesto económicos. Era hija única de madre judía, en un país laico por decreto. Era nieta única de matriarca comunal y era, además, engreída y caprichosa. De todos modos, en las pocas ocasiones en que Eugenio soñaba despierto, Lya se le aparecía altiva como un augurio. Eugenio trabajaba en la construcción y tenía tal don de líder que sus colegas le obedecían gustosos. Todo: cal, polvo, astillas y clavos parecían más llevaderos si Eugenio organizaba, si Eugenio cantaba, si Eugenio reía. Además Eugenio repartía de buena gana los obsequios que recibía de manos agradecidas. Nadie conocía mejor el tejemaneje, el trueque, el intercambio, el soslayo. Diligencias, favores, encomiendas, gestorías, galanterías, zalamerías lo hacían imprescindible. Era, pues, un seductor nato. Chicas y funcionarios, secretarias y cuadros partidistas sucumbían ante sus habilidades. Todos menos Lya, hasta que Eugenio le pidiera la mano. Así fue como hubo ese año boda con nieve. El matrimonio se consumó al abrigo del edredón relleno con plumas de ganso y funda de seda dorada. No faltaron tampoco sábanas color salmón con iniciales bordadas ni aros nupciales. Poco duró la eterna felicidad conyugal; apenas amainó el invierno, Eugenio anunció su partida. Había conseguido trabajo en la capital con el mero propósito de cumplir con sus nuevas ambiciones. Abandonaría el regazo de su joven esposa ingenua para incursionar en tareas más duras y mejores ingresos. Cincuenta y cinco por ciento de incremento salarial en pleno asiento político-administrativo. ¡Dinero! Lya acató. Ahora tan señora ella del hombre más guapo y popular del barrio cacareó su nuevo estatus por toda la ciudad sin prudencia ni pudor. Pensaba que en poco tiempo se reuniría con su amado convertido en potentado. Podría entonces comprar jabón en el mercado negro y trocar café por perfume. Habría también limón, miel y nueces en la despensa, para perpetuar postres, potajes ácidos y encurtidos, pero añoraba a su marido, pasear con él por la plaza y que la vieran. Sedienta, ávida y viciada, resolvió sorprender a su esposo. Algo por amor y mucho por presunción se resistió al desmayo. Aquello que encontró en la capital era inmoral, inhumano, desalmado, deslucido. Peor, halló indicios de mujeres, de eyaculaciones, de sacudones. Lya sacó trapo y mantel, cosió cortinas, colocó flores y exorcizó las sábanas a ramalazos. Tenía demasiado orgullo para llorar y excesiva juventud para renunciar. Ahora cerraba los ojos cuando desconfiaba y creía que todo era un asunto de apenas nueve meses, durante los cuales se sobrepuso a todas las náuseas posibles, no hubo humos de repollo ni de coliflor, chismes ni decires que apaciguaran su ilusión. Cuando al fin nació la hija tan deseada, Lya vio desvanecer ante sus ojos el final feliz de la historia de hadas que había estado tramando. Se le impusieron en cambio los rigores de la escasez y del sacrificio. Sin reponerse aún del alumbramiento, se le endurecieron los senos como piedras y la estremecieron escalofríos. Fueron días de escozor, de dolor, de llanto sin consuelo. Los sollozos de la niña acabaron con su ya lisiada compostura, cuando, en pleno invierno centroeuropeo y tragándose la hiel del desengaño, tuvo que alinearse en interminables colas en procura de leche de vaca para los biberones, luego de exprimirse la suya propia, porque la niña la rechazaba. Se tornó peleona e irascible y para colmo comenzó a fumar. Reñían continuamente: ella le reclamaba tiempo y dinero, él aspiraba compartir con ella la carga familiar y le recriminaba que, en vez de trabajar como lo hacían las demás mujeres, se quedara todo el día encerrada en el apartamento de una sola pieza, fumando o espiando a los demás. Eugenio se privaba de recordarle a Lya el carácter ilegal de su voluntario desempleo, trabajar era absolutamente obligatorio para todo el mundo. Una estricta vigilancia policial controlaba el cumplimiento de la disposición oficial de contingencia. Los planes, primero anuales, luego trianuales y finalmente quinquenales, fueron la columna vertebral de la política económica comunista y por supuesto rigieron la moral, las buenas costumbres y el régimen de premios y castigos. No hubiese sido digno de él echarle en cara algo que él podía resolver por otros medios, conseguirle un permiso médico no era un problema para él, pero la actitud de su mujer no sólo lo perjudicaba, sino que lo desesperaba. Enloquecido gesticulaba y levantaba la voz hasta hacerla llorar. Acababa siempre consolándola y dilatando cada vez más sus regresos de la calle. Ella se vengaba de él pidiendo dinero prestado, comprometiendo tanto el salario como la reputación de su marido y comprando superfluos bibelots para adornar la inútil vitrina que achicaba aún más el limitado espacio habitacional que compartían. A veces se reconciliaban en fogosos abrazos. Así fue como engendraron a Adriano. El niño colmó las expectativas de Lya, era silencioso, frágil, delicado y requería muchos mimos y gastos. Eugenio tuvo que endeudarse aun más para sufragar los viajes al litoral que Lya le recetaba a sus hijos para así cobrarle las infidelidades a su marido. Las deudas en dinero y en favores sofocaban a Eugenio, no así las ausencias de Lya. Una nueva y definitiva amante, cuyas virtudes no cesaba de ponderar, revitalizaba su energía. Las peleas entre sus padres se hicieron tan frecuentes y agudas que Adriano fue presa del miedo al ver a su madre morir por primera vez. Los desmayos de Lya se hicieron recurrentes y Adriano sentía que el terror le apretaba al mismo tiempo el vientre y la cabeza. Sus tripas rugían con furor lo que su grito ahogaba. Por retortijones falló en los estudios y a la larga perdió también el ingreso a la universidad, el único salvoconducto que le hubiera permitido evadir el ejército. Con el abdomen _archivo_ de frustraciones y más callado que nunca, fue sometido a dos años de disciplina militar, puro abono para su rabia, incubadora de ambiciones, vivero de juramentos interiores. Emigrar, emigrar, emigrar, emigrar, emigrar, ese solo mandato infinitivo primero, pero cada vez más imperativo, lo protegió de las heladas al descampado, del peso de bayonetas, de la hediondez cabría. El callar políglota de Adriano, su capacitación en la milicia, su porte distinguido, sumados a su natural discreción, resultaban atractivos para la oficialidad por lo que no cundió sospecha alguna, Adriano cuidó celosamente todos los detalles para no perjudicar con su partida a sus familiares, ni a sus amigos. Había una y unívoca forma de hacerlo legalmente y consistía en hacerse comprar por divisas. Tejemaneje bilateral, acuerdos de Ginebra, tentáculos del sionismo. Apenas terminó el servicio militar ejecutó su plan al pie de la letra. Transcurrieron dos penosos años entre diligencias y quehaceres, dos años de diferimientos. Era como postergar la vida, sin dejar de vivirla. Ejerció oficios, asistió a bodas, que ahora ocurrían en cualquier época del año, pero sobre todo soñaba despierto con su futuro: incierto, sí, pero libre. La escala en Jerusalén fue breve pues un pariente lejano y matrilineal, en Venezuela, avanzó el billete marítimo. El viaje en barco subrayó los retortijones. De poco valieron los coqueteos de jovencitas en la cubierta, ni la mirada libidinosa de su vecina de camarote, Adriano viajaba hacia una meta, el recorrido le era indiferente. Tenía dos cosas claras: nunca más pobre, nunca más sometido. La curiosidad también le ahorcaba el íleon; en La Guaira lo esperaba el benefactor. 2 Don Alberto se impacientaba en el malecón. Miraba su reloj con ansiedad. Ni cuarenta años en Venezuela le habían servido para entender el horario nacional. Durante los primeros treinta minutos de atraso, le había contado a su nieto de diez años su propio arribo a un malecón en Puerto Cabello y cómo los habían congregado en un campo de concentración, perdón, en un campamento para inmigrantes, un horno... y cómo había llegado sin un centavo, con su mujer _"tu abuela"_ preñada y el luto múltiple en la garganta por tantos parientes, tantos amigos muertos en la guerra. Don Alberto odiaba hablar de esas cosas. Había plenado su vida con tareas y deberes (durante la semana) y pesca con tragos (los fines de semana). Esperar a Adriano y sobre todo recordar le resultaba inquietante. A él nadie lo había ayudado. Alberto era hijo de burgueses industriales y fue la guerra, la guerra, la guerra, la que acabó con todo. Había tenido dos hermanos con quienes pelear o disfrazarse y una casa de campo para pasar los veranos. Había allí perros y gatos, viñas y ciruelas, se jugaba al rummy y se asaban chorizos. El sudor del mediodía y las lágrimas internas le secaron el aliento, de modo que el abuelo narrador pasó la segunda media hora de demora libando cerveza y aprovechando el helado que saboreaba su nieto, para contarle cómo se hacían los sorbetes y las cremas congeladas cuando el era niño, apoyaba su relato girando una palanca imaginaria y fingiendo que agregaba sal al hielo alrededor de un envase que contendría frutas y azúcar. "La sal provoca un fenómeno exógeno mediante el cual el hielo produce más frío al derretirse...", el abuelo siempre tenía un cuento en la manga, una explicación, un juego, una charada. Don Alberto había logrado salir del infierno europeo persiguiendo el gran sueño americano que corroía sus fantasías. Para entonces palabreaba en inglés con la facilidad del que ya habla otros cinco idiomas, pero la ansiada visa nunca llegó del norte franco, tuvo que conformarse con el subcontinente del sur. Sus comienzos en Caracas fueron duros, no era un hombre gregario como la mayoría de sus coterráneos y su esposa _compañera de ilusiones y de vómitos en aquel barco libertario_ había fallecido de parto, pero él era un sobreviviente y no cejaría. Estaba casado ahora con una señora muy sí señora venezolana y de sociedad que nunca le jurungaba sus dolores. Todo estaba más o menos en orden, en regla, en forma. Salvo que David, su único hijo varón, había resultado poeta y músico. Alberto siempre había pensado que los primeros inmigrantes eran hombres rudos pues debían abrirse camino con los codos, pero que los hijos de éstos, nacidos en cunas bien tendidas, lograban ser profesionales (ingenieros, médicos, abogados) y sólo en la tercera generación aparecían los músicos, los artistas, los poetas o los hippies. Eso de que David se hubiera adelantado a sus cálculos psicoantropológicos amateurs le preocupaba un poco por el asunto de la fábrica. ¿Impelido a importar a Adriano?: ¡sí!, lo reconocía. Pues, aunque tuviera dos hijas más, no podía contar con ellas para garantizar la continuidad de su obra industrial. Su hija mayor era el fruto del primer matrimonio. Era una mujer librepensadora y autónoma, además de divorciada. Era la madre de este nieto que esperaba con él _por tercera hora_ en el malecón, se llamaba Mariana como tributo a Francia, por haber sido concebida en tránsito y era víctima de muchos desengaños amorosos que la gente atribuía a su sobredosis de rebeldía, a su pasión intelectual y a su sed de justicia. La hija menor, Margarita, vivía de fiesta en fiesta, estaba muy bien casada con un criollo (de muchos apellidos), emparentado con la aristocracia cafetalera de antaño y vinculado también al capital financiero (con ramificaciones incluso en el exterior). ¿Qué le podría importar al yerno su fábrica? 3 Empatía súbita. Adriano atraca como anillo al dedo. Alberto, gozoso, reconoce en los ojos del recién llegado tres virtudes: ambición, discreción y respeto. Enseguida le adosa otras tres: curiosidad, atención, tesón. Adriano sólo calla. El encantamiento de Alberto genera en su nieto algo incierto hacia el desconocido, por primera vez Andresito pierde el sufijo diminutivo y se siente en familia, miembro de una tribu viril de triunfadores. Adriano, investido de paternidad, calla. Gaitas y guirnaldas enloquecen la ciudad, es diciembre. El consumismo febril, el calor y el acogimiento sofocan los intestinos de Adriano y narcotizan sus nervios inflamados. Por primera vez en las últimas cincuenta y cinco semanas reconoce un triunfo, pero contiene el suspiro. Son hallacas, le dicen casi al unísono Margarita y su tocaya y cuñada y mejor amiga de la infancia, al ver la cara de sorpresa del recién llegado. Ambas Margaritas lucen una elegancia, un aroma y una desfachatez desconocidos. Guacharacas, guacamayas, Guaira, guáramo, son palabras que le van remachando el tímpano a Adriano. Pareciera que las muchachas quieren versarlo en todas las excentricidades del idioma, del trópico y de la libido latinoamericana. Hay en esos gestos más que coquetería e histrionismo, nada que ver con las muchachas rusas, checas, polacas ni húngaras. Ni siquiera la televisión le había mostrado nunca algo similar. Ajeno a su propio poder de seducción, Adriano abona la fantasía de las recién conquistadas callando. Las Margaritas no logran mantener el tenor de sus cuchicheos y se refugian _como desde niñas_ en el vestière. _¡Es un encanto! _Vamos a llevarlo a la boda del sábado. _Lo presentamos como un conde europeo. _No chica, como un barón. _Ji ji ji ¡tremendo varón!... Entre risas y chanzas, las mujeres-niñas traman toda suerte de equívocos para la boda. Cuando regresan a la sala ven con malos ojos que Mariana en blue-jeans y en perfecto inglés mantiene clavado en un diván al susodicho. El monólogo de Mariana incluye datos socioeconómicos, verdades filosófico-existenciales, chistes y camaradería. Pocas veces ha contado con un interlocutor tan solícito. Los hombres de la familia aparecen a la hora del postre, David carga la guitarra bajo el brazo y ameniza _para beneplácito de Adriano_ el pousse café. Los maridos de las Margaritas avanzan frases de cortesía. 4 _Yo ser de Suráfrica, supervisar minas, irme dentro de dos semanas. Sí, sí, yo arqueólogo, gustar aventura. Allá en selva vida peligrosa. Un vez estar con hutus atrapado en guerra, otra vez huir con Mandela de secuestro. Adriano pide otro y luego otro scotch. Sus historias maravillan a los habitués del bar La Zorra. _No, señor, yo no pedí Armagnac, debe haber una confusión. _Señorita, es una cortesía de aquel señor que está sentado allá. La joven, entre indignada y sorprendida, descubre a contraluz la figura de Adriano con mirada profunda y donaire a lo Sir Lawrence Olivier. Con la sonrisa en ristre, el hombre deja a la mujer con ganas de reencuentro. Mismo sitio, misma hora: restaurant Les Chats. Una tasca hedionda a cerveza, pimientos morrones y chorizo carupanero, acoge todos los jueves a un hombre apurado y a su ambiciosa amiga. Allí, sorbiendo, ambos reacomodan la escala moral. A veces sin terminar el trago del estribo, se embalan hacia un motel cercano para acabarlo. Adriano sabe de armas, de economía política, de construcción y de tejemaneje; conoce el soslayo, el trueque, las diligencias y las gestorías; aprendió manierismos y cortesías; maneja el lenguaje comercial y el financiero; domina la simbología monetaria y los pronósticos económicos; está versado en poesía y música, reconoce apellidos, parentescos y protocolos. No se piense ni por un instante que la doble vida de Adriano pudiera rallar en psicosis, o que su callar y su excesivo hablar tengan algo que ver con una doble personalidad. No, la vida oculta de Adriano es una válvula de escape, un cinturón de seguridad, una sana diversión histriónica frecuentemente útil para garantizar la continuidad de su juramento. Habiendo cumplido lo de "nunca más pobre," quiere asegurar también lo otro. Jugando, actuando, camuflándose, enamorisqueándose, puede zafarse _a ratos_ de la sumisión afectiva. 5 Esta noche Adriano y Mariana cumplen dos años de casados, Andrés tiene casi trece, ya asoman en sus facciones ciertos rasgos de virilidad. La fiesta ecléctica reúne con elegante informalidad a muchos allegados. Mariana y Adriano representan el paradigma del triunfo, del amor. Ella ha adquirido la hermosura que brinda el sosiego. Él, el aplomo que proporciona el poder. Alberto y Andrés, cómplices del artilugio, brindan por primera vez en igualdad de tragos. Pero Alberto no obtiene respuestas de su nieto. No es que esté taciturno, ni que rehúya, simplemente calla. Al increparlo, el muchacho inventa una excusa pueril, aduce un dolor de estómago. Andrés sabe que no se trata de una excusa, en verdad le duelen las tripas y además no puede concentrarse en los estudios. Callar es un refugio perfecto para ocultar sus sospechas. Alberto, solidario con su nieto adolescente, relaja el cuestionario. En verdad está absorto en sus propias reflexiones. Ahora que por fin puede dedicarse a viajar y a pescar porque coronó a un digno sucesor en la fábrica, le cuesta trabajo disimular su preocupación. Ha interceptado accidentalmente unas llamadas telefónicas de lo más curiosas. En plena cantadera de alba, interfiere una llamada telefónica urgente para la señora. Es Margarita, la tocaya de su hermana para disculparse sollozando: "Mariana, perdóname por no ir a tu fiesta". Gracias por llamarme, pero ¿qué te pasa?, ¿por qué estás llorando?, increpa solícita Mariana; la respuesta apenas audible es un inquietante "por ti", pero Margarita acaba de colgar el teléfono. ¿Por mí?, se pregunta la anfitriona mientras acompaña a sus últimos invitados al umbral de salida. Andrés aprovecha la oportunidad para retar a Adriano, lo increpa, lo enfrenta. Por primera vez en su vida, Adriano pierde la mordaza, habla, cuenta, dice, explica. Conversan, convienen, consolidan. Sobreviene para ambos el alivio visceral. Andrés, hijo de Mariana y nieto de Alberto acaba de hacer la hombría. También Adriano.