Rue Tolbiac Faltan apenas cinco cuadras para llegar al metro de la Rue Tolbiac, curioso barrio obrero casi carente de locales comerciales. Hay, sí, un baño público donde por tres francos se puede uno duchar durante tres minutos exactos. Vivo en un edificio típico de una calle anónima. Tiene como los demás un resquicio interno que separa dos aleros, y un conserje. Comparto el breve espacio que habito con una muchacha judía sefardí, se llama Betty Levy. Ella es la dueña de todas mis pertenencias: del catre y de la herrumbre que me arrullan para dormir, de la nevera, del calefactor a gas, del papel tapiz. Allí suelo perderme de mí misma y llorar con frenesí. Sollozo por el hambre que roe las entrañas de una mujer árabe que penitente se deja morir por una causa y porque no entiendo los textos de economía política que me he impuesto comprender. Entre la huelga de los palestinos y los ojos de hambre que me miran medra un sarcoma. El sitio de Betty, que es el mío, no tiene sala de baño. Ambas nos lavamos las manos, los dientes y las lechugas bajo el único grifo de la cocina que separa nuestras habitaciones. Ella usa ese mismo grifo para asearse las axilas; utiliza para ello un guante de felpa, lo moja, lo enjabona y luego se inclina sobre el fregadero para no mojar el linóleo del piso y se acaricia vigorosamente los sobacos. Lo hace dos veces por semana y casi siempre cantando el estribillo de moda. Una vez a la semana amplía el recorrido jabonoso y felpudo aventurando un descenso hacia su ombligo. El vientre plano y cobrizo se le eriza y ella prosigue con la ceremonia. Entreabre discretamente la piernas apenas lo suficiente para que penetre la higiene. Faltan cuatro cuadras para llegar al metro de la Rue Tolbiac, sólo me acompaña mi insondable locura, ¿a quién se le ocurre andar a estas horas en un barrio obrero de París, en 1973? ¡Acaso no fue aquí donde apenas ayer nos corrió la policía! Éramos más de cien mil y yo no conocía a ninguno. No hacía falta saberse nombres ni antecedentes, éramos todos una misma indignación, una sola proclama. Cuando se terminó la manifestación y con ella mi exaltación, descomprimí mis pulmones y me zambullí en el catre a una profundidad de diez metros. Hubiera comenzado a descifrar mensajes pero una algarabía amenazaba mi puerta y mis cavilaciones. Betty tenía un novio así, era casado, abusador y aleatorio, se presentaba de repente sin aviso y sin protesto como un cobrador de esos cheques que se firman sin reparar en las letras menudas. Betty lo aceptaba tal cual, sin enmiendas. En cuanto a mí, el hombre y su circunstancia me creaban zozobra y me encolerizaban. Un portazo selló mi salida, la cual, por lo demás, no llevaba prisa ni destino. Acabé escalando uno por uno los quinientos tres escalones que separaban la habitación de servicio, donde vivía mi único amigo venezolano, de la calle. Un lugar atiborrado de libros, precisamente de economía política. El lugar cubría un área de tres metros cuadrados y albergaba a muchos camaradas latinoamericanos. Todo el aliento perdido me fue retribuido. Mi amigo estaba solo, a la vera de un bombillo que iluminaba su amplia sonrisa, sus dientes, su infinita ternura y sus besos. Yo no sé cuántas horas nos besamos hasta que fueron llegando los compañeros con visos de clandestinidad y de cofradía. Mi retirada fue imperceptible. Las grandes ideas y métodos, es decir, las ideologías y las metodologías, me ahuyentaron con prisa y destino: ganar mi catre. Faltan tres cuadras para llegar al metro de la Rue Tolbiac, mañana tengo clase de fonética, un divertimento que me distrae de la realidad y de la teoría. Además me carteo en fonemas con mi amiga francesa. Mañana nos vamos a ver en la isla de San Luis a las cuatro de la mañana para grabar a los transeúntes y analizar su lingüística. ¡Santo cielo!, pero si ya son las cuatro de la mañana y mi locura acaba de abandonarme. Ahora estoy sola y escucho pisadas. De nada vale apurar el paso, faltan tres cuadras para llegar al metro de la Rue Tolbiac. Las pisadas me remachan el tímpano, aminoro el ritmo de mi caminar, le doy el beneficio a la duda, que sea otro solitario, un igual. Un chico fornido, de tez rosada e imberbe, con el pelo negro y engominado se me acompasa. Izquierda, derecha, izquierda. Al cabo de unos segundos rompe el monólogo interno con una cortesía: ¿Le molesta que la escolte? Faltan dos cuadras para llegar al metro de la Rue Tolbiac y le digo la verdad, siempre digo la verdad: "No, al contrario, ¡qué amable!". Un dúo de percusión atraviesa el aire, son dos corazones batientes, dos miedos. _¿Podemos conversar? _dice él. _Sí. _Dígame, pero no se ofenda, ¿a qué edad comenzaron a crecerle los vellos en las axilas? _No lo sé, no me acuerdo. _Haga un esfuerzo, se lo ruego, es tan importante para mí. _Bueno, hum, supongo que a los once o doce años. _Pero ¿no está segura? _No. _Y... los vellos púbicos... ¿cuándo se asomaron? _Oye, te estás pasando... _No, no se asuste ni se inquiete, no quiero hacerle daño, pero es tan importante para mí... _Oye muchacho, faltan unos pasos para llegar al metro de la Rue Tolbiac, allí voy a cruzar para ir a mi casa y quisiera que nos despidamos aquí. _No me tema, la escolto hasta su casa, sólo trate por favor de acordarse. Llegamos al portón del edificio donde vivo con Betty. Entramos juntos al umbral y él se ofrece a acompañarme hasta arriba. Necesita una respuesta. Se la doy: _Los vellos púbicos aparecen cuando no nos damos cuenta.