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“Genocidio” de Taki Yuriko y Ernesto Kahan
Dos escritores mundialmente conocidos: Ernesto Kahan, argentino–israelí, y Taki Yuriko, japonés, se aproximaron con enorme amor, ciencia y poesía, al dolor terrible que sufrió la humanidad debido a los genocidios del siglo de XX: El Holocausto judío, la masacre nuclear de Hiroshima y Nagasaki, la matanza en masa de los armenios y el hambre en África e Iberoamérica, etc. Editorial Nihon Tosho center Co.,LTD. www.nihontosho.co.jp Algunos comentarios preliminares sobre el libro:
Hace 30 años murió José Lezama Lima
Lezama Lima fundó revistas literarias como Verbum, en 1937, Espuela de Plata, entre 1939 y 1941, Nadie Parecía, editada de 1942 a 1944, y Orígenes, de 1944 a 1956. Los 10 números de Nadie Parecía, en la que publicaron, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Alfonso Reyes, también fueron editados este año de manera facsimilar en España. Radio Francia Internacional lanzó al aire “La presencia viva de Lezama Lima”, con motivo de la fecha y se han producido numerosas reediciones de su obra. “Siembra de tinta” ganó el Premio “Mago Merlín”
Viviendo en tierra de abraxaspor Néstor L. Rivera Urdaneta (*) En algún mes de 2006 se arriba a tres décadas de la publicación de Acarigua, escenario de espectros, del escritor venezolano Alberto Jiménez Ure, autor sui generis que nos confronta con el malestar del hombre a través de una prosa desahuciada que aún nos impacta por su vigencia. “Tengo muy mala opinión del ser humano”.
De allí que la desacralización de la vida humana mediante textos críticos que rechazan la fatuidad del ser convertido en valor de cambio, la otredad maléfica, la corrupción política y el torcido manejo de las leyes, las relaciones erótico-sexuales como importantes indicadores de poder y de la necesidad de recibir y aplicar violencia en acto de liberación, vienen a erigirse en la estructura discursiva central de su obra, convirtiéndolo en un escritor sui generis -e incluso visionario- por su dilatada y profética toma de conciencia sobre estos elementos. Desde Acarigua, escenario de espectros (Punto de Fuga, 1976) han pasado treinta años y ya en ese entonces el escritor se negó a encajar en cánones literarios tradicionales; de allí que toda la obra jimenezuriana –más de una treintena de libros- ha estado al margen de la prosa que vindica lo telúrico de la tierra, el realismo mágico y el realismo citadino, originando, en consecuencia, un constante interés por sus escritos, tanto en nuestro país como en el exterior. Este escritor reconoce que prefirió un estilo propio, alucinante, escatológico, perverso, insólito, pero a la vez dotado de “mensajes narrativos” (Barrera Linares, 1997), y de planteamientos filosóficos, nihilistas. Seres desvalidos y otros demoníacos, confrontados en eterna lucha Bien-Mal, deben coincidir para desenmascarar la esencia terrible del Hombre, mientras están tocados por “un afán de renovación espiritual y física que se hace manifiesto en frases contundentes, llenas de calor y de profundidad” (Gil Otaiza, 1997). Así que, reiterar mediante reflexiones e historias apesadumbradas, desacostumbradas, perturbadoras, el rechazo por el caos en que derivó el ideario de la modernidad, ha sido su principal propósito desde la década de los 70 del siglo pasado. Su forma de expresión se nutre no sólo de los artificios que emanan de la ficción, sino que acoge e interpreta los fenómenos sociales suscitados en medio de una amplia diversidad de planos tangibles y verosímiles, acosado e influido por lo presenciado desde la infancia, tal y como revela en tono autobiográfico en la novela breve Inmaculado (1982): “Tarzio, que había crecido entre pozos de petróleo y gente hostil a las Artes, fluía entre las escrituras cultas y lo único que admiraba (aparte del Relámpago del Catatumbo) era la Filosofía. Según él sólo un Platón, un Berkeley o un Shopenhauer pueden decir en otro mundo que sus vidas tuvieron sentido en la Tierra. Y buscaba, con avidez, merecer un sentido para su propia vida” (pp. 71-72). El autor ha comentado que su trabajo también está estigmatizado por lo paranormal y místico, junto a todas las pasiones y aberraciones humanas en conjunción. Si atendemos a esto, junto a lo que señala Juan Liscano en Panorama de la Literatura Venezolana Actual (Alfadil, 1995) acerca de las carencias abismales en la literatura nacional a la hora de abordarse el oficio de escribir, se deduce que Jiménez Ure ha legado una bibliografía valiosa y orientada, en toda su magnitud, al llenado del vacío que dejaron ciertos bloqueos estilísticos. Cuando en 1976 llegó a sus manos un ejemplar de Acarigua, escenario de espectros (Punto de Fuga, 1976), Liscano (1995) también comentó acerca de Alberto Jiménez Ure que “su literatura rechazaba el costumbrismo y el realismo urbano, el actualismo y el inmediatismo imperantes, la complejidad estructural. Predominaba el nihilismo sin proposición alguna redentora y, sobre todo, construía con ideas y no hechos existenciales” (p.282). Pero, la voz más esclarecedora ha sido la de Juan Calzadilla, quien trasciende de la superficie obvia y ubica a Jiménez Ure en un estadio filosófico intermedio entre Borges y Lezama Lima, pero aún más cercano a Juan Emar. Y va más allá al expresar que “no construye, ni desarrolla. Si insistimos en hablar de fantástico, de filosófico, será forzosamente en un nuevo sentido” (p. 35). Calzadilla sigue hurgando en la extensa producción jimenezuriana y comprende la intención del escritor zuliano; de allí que aseverara: “Más que de construcción (…) parecería tratarse de destrucción. Sintaxis del antojo que no carece de rigor. Jiménez Ure practica, sistemáticamente, no sabemos si concienzudamente, una especie de caos-análisis: reducir la realidad apenas representada a una descomposición posible, a su máxima expresión caótica, a sus mínimos elementos aleatorios” (pp. 35, 36). Para Jiménez Ure, escribir ha sido un acto liberador, de expiación ante el bombardeo constante de cotidianidades que hacen estragos, como si la saturación de la violencia pudiese engendrar un espacio posible para la conciliación con el espíritu y el lado menos lacerante de la humanidad, para alcanzar la tan ansiada paz interna rechazando “a la Babel de la modernidad tardía y, por lo tanto, sus temores apocalípticos” (Vattimo, 1997). (*) Comunicador social y tesista de la Maestría en Literatura Venezolana de la Universidad de Carabobo. Su tesis está basada en la obra literaria de Jiménez Ure. “Reino de Macambira” de Eduardo Degrazia, la poesía en la novela.por Susana Boechat* Novela sorprendente, donde la realidad y la fantasía se combinan en una simbiosis total. Los recuerdos de un joven escritor, Fernando y su grupo de amigos, después de un golpe militar y en los prolegómenos de una nueva represión; persecuciones y exilios voluntarios o no. Las reuniones de estos jóvenes hablando sobre poesía, cuento, arte, sus discusiones sobre la esencia de la literatura y la coincidencia final sobre qué es la Creatividad y el Hombre, como centro de esta última. La novela muestra también las dificultades de publicar que tienen los autores noveles, hecho coincidente en la Argentina y los deseos de formar una cooperativa para editar sus propias obras .La solidaridad y la amistad como valores éticos. La presencia del Otro, representación del Mal, que a veces simboliza también “lo malo de sí mismo” del propio Fernando, su debatir de conciencia; y la aparición de Valquiria, la mujer soñada, llena de misterios, salvadora, con contornos que se esfuman en la niebla-irrealidad; inspiración y templanza para el personaje central, conviven con seres de carne y hueso. Al leerlo vienen a la memoria los poemas y relatos de Jorge Luis Borges sobre la otredad y el doble, temas filosóficos reiterativos. La creatividad y el buen uso de los recursos literarios que utiliza Degrazia van ensamblando el plano real con el ficticio: el mundo del romance, de la narrativa. Macambira, a pesar de existir como ciudad en Brasil, es a De Gracia, lo que Macondo a García Márquez. Entradas y salidas de la realidad se multiplican hasta el final de la novela. La novela pinta magistralmente una época, tal vez la de la juventud del propio autor, donde la palabra era superior a la acción y el café y la cerveza, meros pretextos para discurrir sobre el arte, el hombre y la política del país, con diferencias de tono, por supuesto, desde el panfletario al sector ideológico que pedía la gran Revolución; también registra claramente el periodismo cercenado, pero conciente de su papel esclarecedor, cuando se van acabando las libertades individuales. Los destinos de los países de Sudamérica, son parecidos, sin que exista una igualdad extrema. Personalmente creo que la pintura de la juventud y sus creencias literarias y políticas debatidas en bares estudiantiles son muy parecidas a las problemáticas de la generación argentina del 70. Eduardo Degrazia sigue siendo el poeta riograndense de sus libros de poemas y” minicontos”, verdadero maestro de la palabra y del estilo cuidado y ágil al mismo tiempo, reconocido por la crítica del Mercosu,r España y Cuba. Novela encantadora, sublime en cuanto a los recursos que despliega; puerta abierta al corazón y la “saudade” de un gran escritor y de toda una generación.. *Susana Boechat, poeta y ensayista argentina, con doce libros unitarios publicados, premiada en España, Cuba, Perú y Brasil. Recibió dos Fajas de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, ciudadana de Honor de la ciudad de Arequipa, Perú; ocupa el sitial Jorge Luis Borges, en la Academia Pirepolina de Letras y Artes, Brasilia, Brasil. Premio Ensayo de Gente de Letras, Argentina. Docente del nivel universitario en Lengua española y Literatura. Últimos libros de ensayo: De Borges y otros y Marta Lynch, pasión y política. “Ancore perse” de Alessandro Baldi
Estuvo en Venezuela siete años enviado por el Ministerio de Educación de Italia trabajando con la lengua italiana en diversas universidades venezolanas. Al momento de su retorno a la Toscana nos deja Ancore perse, formado por veinte poemas, desde la A hasta la Z, cada uno al pie de un intricado laberinto de letras dibujado por él mismo y que más semejan jeroglíficos. Es evidente la presencia y el recordatorio del trópico en poemas como:
Es que Alessandro Baldi desarrolló en Venezuela una interesante obra pictórica, mucha de la cual logró empleando materiales propios del trópico. Era habitual verle recogiendo palmas que trenzaba en animales volantes de vivos colores. El trabajo con conchas de árboles, con hojas, con raíces, evidentemente le transmitió la sensualidad del trópico, como en la letra S de su libro:
Teódulo López Meléndez entrevistado por la revista “La avispa” de Buenos AiresEn su edición de agosto la revista “La avispa”, de Buenos Aires, que dirige Marcela Predieri, publica una entrevista con nuestro coeditor Teódulo López Meléndez realizada por el poeta, novelista y ensayista argentino Luis Benítez. La reproducimos a continuación:
¿Cuál es su visión de la literatura venezolana contemporánea? En Venezuela hay algunos escritores, individualmente considerados, que merecen respeto. Como conjunto la literatura venezolana no es reconocida internacionalmente, aunque esto último es de gran relatividad, puesto que los parámetros o instrumentos de medida del mundo literario actual son extremadamente mediocres, especialmente en lengua española. En definitiva, en mi país hay individualidades importantes que merecen ser leídos pero no una literatura que amerite una visión. ¿Qué relación tiene su narrativa con la tradición literaria venezolana? Muy poca, por no decir ninguna. En mi primera novela, Selinunte, la raza humana destruye un planeta y sale a buscar otro. En la segunda, El efímero paso de la eternidad, hago una nekyia, o viaje a los mundos interiores de una mujer. En la tercera, La forma del mundo, me voy a las más avanzadas formas de la biotecnología. En la cuarta, El indeterminado de cabeza de bronce, hago que el personaje central viva varias vidas a la vez y viole los parámetros del tiempo, y en la quinta, En agonía, voy sobre la actual crisis de mi país, siendo esta última donde se pueden encontrar relaciones con una tradición literaria venezolana, puesto que es de 1897 la primera novela (“Todo un pueblo”, de Miguel Eduardo Pardo)) donde un escritor analiza las maldades de su tiempo. Ha habido, pues, en este país venezolano, escritores que han abandonado el ensayo y han recurrido a la narrativa para describir crisis nacionales más los vicios que nos corroen. ¿Cómo define el papel de su obra narrativa en el contexto de la literatura latinoamericana actual? Muy posiblemente como extraña o excéntrica. No soy un escritor de ciencia ficción, a menos que Homero lo haya sido, pues allí se encuentra una nekyia como la que yo hago en la novela ya mencionada. Creo que hay una marcada tendencia latinoamericana hacia la novela histórica y hacia la novela light, con especiales excepciones en Argentina. Por lo demás, mi obra narrativa no tiene ninguna importancia en el contexto latinoamericano, pues soy un perfecto desconocido en estas áridas tierras. ¿Qué autores de nuestro idioma han influido en su narrativa y de qué manera? Creo que Carpentier me enseñó la importancia de la música en la estructura de la novela. Del venezolano Guillermo Morón aprendí la frase corta como piedra. Creo que Onetti me enseñó algunas cosas imprecisables. En otros idiomas es que he tenido las enseñanzas más penetrantes. A esta mi edad la poesía de T.S. Eliot me gusta cada vez más. Y los novelistas polacos, húngaros, checos. ¿Cuáles son las diferencias estilísticas que usted aprecia en sus novelas, cómo ha sido su desarrollo desde la primera que publicó? Creo en la novela fragmentaria. Creo en la necesidad de dejar espacios en blanco, de dejar al lector la unión de los trozos. Me niego a la narración lineal. Creo en la multiplicidad de las historias que, aún contradictorias, son la misma realidad. Creo en la realidad como una multiplicidad. Y cuando me refiero a realidad seguramente me estoy refiriendo a la que encarna la ficción. En cuanto al desarrollo creo que siempre soy el mismo de estas características anotadas, aunque las técnicas siempre se perfeccionan y de vez en cuando uno consigue un narrador que enseña nuevas maneras, como es el caso de la portuguesa Lidia Jorge en cuyas novelas me he deleitado encontrando la cirugía plástica que impide ver cualquier cicatriz. Respecto de su obra poética: ¿cómo la definiría, cuáles son sus rasgos principales? Es hermética, sin duda. Ha tenido una larga evolución, desde el lenguaje sin freno a lo Whitman hasta textos de hoy que vienen escritos con el menor número posible de palabras y donde se busca lo que denomino “el silencio anterior”. Hoy quiero deshacer el poema en la página en blanco, deshacerme con el poema. Hoy escribo sobre mis viajes a los límites provisionales del universo en expansión y sobre el balance al final de mis días, no de uno personal, sino del correspondiente a una humanidad intervenida. Usted tiene una notoria obra ensayística: ¿cómo fueron recibidos sus ensayos en su país, a medida que iban siendo publicados? Fueron recibidos con absoluto desdén. Ahora mismo he “descubierto” un libro mío de 1987 titulado Reflexiones sobre la república y he quedado golpeado. Allí están descritos todos los males, vicios y enfermedades de la democracia venezolana y del país entero, todas las causas por las que la democracia estaba en serio riesgo. Fue absolutamente desoído. Estoy viendo la necesidad de reproducirlo en nuestra página web (www.aladecuervo.net)* puesto que parece escrito hoy. Los vicios, males y enfermedades persisten y agravados. Pero quizás exagero con lo de “absoluto desdén”. La verdad es que mi ensayo El venezolano amaestrado (1972) tuvo siete ediciones y fue profusamente leído, seguramente porque entonces en Venezuela se leía. Mi primer libro de ensayo Introducción a la política (1969) seguramente provocó risillas nerviosas y piadosas. Jardines en el mundo (1986) tuvo alrededor de una veintena de críticas positivas, seguramente porque en ese tiempo en este mi país existía crítica y críticos. Mi ensayo Pessoa, la respuesta de la palabra (1992) creo que también fue intensamente leído y, además, le fue otorgado un premio (uno de los escasísimos que me han dado) con un jurado integrado por Juan Sánchez Peláez y Rafael Cadenas. Mi último intento en la ensayística, Por el país del hombre (Primera lectura del nuevo milenio) provocó una página completa en un diario nacional y numerosos artículos en el extranjero. La verdad es que al único concurso donde envié fue el de Pessoa. En términos generales sobre mis ensayos se guarda silencio: son polémicos, agrios, duros, sin recato, golpean en la médula. ¿Cuál es su perspectiva respecto de la situación de los autores literarios latinoamericanos en el contexto de la literatura escrita en español? En nuestros países se escribe mejor que en España. Al voleo recuerdo cuatro escritores españoles que merecen la pena. En estos días leía en una revista madrileña los poemas de un autor consagrado y tuve taquicardia. Métase en una librería española y lo que conseguirá de bueno son las traducciones, especialmente de Europa del este, de los grandes escritores de entreguerra. De resto encontrará los latinoamericanos lighs y, también, hay que admitirlo, algunos latinoamericanos excelentes, entre los cuales unos cuantos argentinos. Pero España tiene el poder editorial, lamentablemente Buenos Aires ya no es el emporio editorial que fue, puesto que con muchísimo gusto todos los escritores latinoamericanos voltearíamos de nuevo nuestros ojos hacia allí en procura de las ediciones. Desde su conocimiento de los ámbitos literarios europeos ¿Cuál es la visión que éstos tienen de los autores latinoamericanos? Les interesa lo exótico, donde haya mucho “local”, mucho realismo mágico, si unos cuantos indios mejor. Por supuesto que quedan algunos escasos editores con criterio, tanto en España como en otros países europeos. Pero al lector común le interesa el “colorido”, lo exótico, lo “raro” de América Latina. Una obra experimental, llamémosla posmoderna sin titubeos, tendrá escasa suerte. Hay que anotar, no obstante, que la industria editorial ha enseñado a los lectores que debe leer el libro que no le preocupe, que no altere, que no le produzca reflexiones perturbadoras. El lector culto, el que va a buscar el texto importante, es cada día más escaso. ¿Cuáles son sus consejos, como autor reconocido, para los autores noveles? Si bien no me gusta dar consejos en La avispa dejaría plasmados los siguientes: escriban con autenticidad, no escriban para buscar la fama o el éxito, no hagan concesiones al mundo editorial (tarde o temprano el libro será publicado), sean ustedes mismos sin dejarse llevar por modas o corrientes, no les importe nadar contracorriente, sean acuciosos con sus textos (revisen, no se apresuren a tratar de publicar, miren con lupa lo escrito), tomen conciencia de lo que están escribiendo y con humildad lleguen a conclusiones sobre lo propio (aprendan a escuchar al sincero y no se dejen influenciar por la habladuría galopante que cae sobre el libro cuando es publicado…hay mucho joven escritor influenciado negativamente por una crítica malintencionada). En suma, si son escritores crean en sí mismos y al diablo el éxito instantáneo. No hay libro importante en la historia de la humanidad que tarde o temprano no haya sido reconocido. En descubrir a Pessoa se tardaron 50 años. Escriban y escriban, rompan o boten, pero escriban. Hay mucho escritor que no escribe. Escriban. ¿Cuáles son sus proyectos inmediatos? Tengo siete poemarios inéditos que no quiero publicar por separado sino en un solo volumen. Estos días entregué para arte final un nuevo libro de ensayos titulado El último texto (Segunda lectura del nuevo milenio)**, donde me ocupo muy especialmente de los sistemas políticos vista la crisis universal de la democracia. Creo que estará impreso en unos dos meses. Por lo demás, de golpe y porrazo, me he dado cuenta de que tengo detrás una larga obra y me estoy ocupando de reproducirla, al menos, puesto que la mitad fue escrita a máquina en tiempos sin computadoras. A mis 61 años cumplidos creo que estoy volteando hacia lo escrito más que preocuparme por escribir. Tengo diez años publicando un libro anual y escribiendo sin parar. A lo mejor hago un pequeño alto…un decir, puesto que si me asalta una idea vendrá el nuevo texto, siempre el último, como digo en el libro de ensayos que menciono en esta respuesta, un “último” que lo es mientras se comienza el nuevo. Me está asaltando la idea de volver a la traducción de poesía. Soy un escritor, no hay nada que hacer al respecto. *Ya publicado en ** Ya editado por Ala de cuervo (Caracas, 2006) Memorabilia
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